Ese observador del mundo que somos
Sofía de acercó al ventanal. Agradecía que su oficina estuviese ubicada en el quinto piso ofreciéndole una inmejorable panorámica del acceso a
El Dr. Silva miró distraídamente hacia afuera. Su atención estaba concentrada en el caso de la paciente de la habitación 7. De pronto una figura conocida entró a su campo visual. Dudó por una fracción de segundo antes de identificar al Dr. Valdivia que caminaba cabizbajo, el cuerpo pesado, cargado por alguna preocupación. No recordaba haberlo visto así, tan ¿deprimido? Se preguntó si el caso de la paciente de la habitación 7 tendría algo que ver en su deplorable estado de ánimo. Después de todo, era su paciente y las cosas no estaban marchando bien. Volvió la mirada hacia su escritorio y encontró el texto que había estado buscando esa mañana para profundizar en la enfermedad de la paciente de la habitación 7 que lo tenía de cabezas en los últimos 3 días. Suspiró con alivio.
Mientras trapeaba las cerámicas de la entrada a la clínica que formaban un colorido diseño abstracto, don Gregorio divisó al Dr. Valdivia aproximándose por el sendero que, como casi cada mañana, transitaba pisándolo con calma, entretenido con el sonido que hacían sus pisadas en el maicillo. Gregorio solía sonreír cuando lo sorprendía en ese “acto juguetón”. Una vez se atrevió a preguntarle si le gustaba caminar por el sendero y, lo recordaba con claridad, el Dr. Valdivia le había respondido ¡por supuesto!, me recuerda mis vacaciones de niño en
Somos observadores diferentes de una realidad que no está separada de nosotros mismos. Eso postula la Ontología del Lenguaje y es lo que apreciamos en la historia de más arriba. La manera tradicional de entender esta historia sería que podemos dar cuenta de lo que ocurre con el Dr. Valdivia de manera “objetiva”, inequívoca. Estamos acostumbrados a creer que podemos comprender y dar cuenta de las cosas tal como son, Dr. Valdivia incluido, por cierto.
Sin embargo, lo que ocurre es que nos movemos a partir de nuestros propios mundos interpretativos: vemos a partir de nuestras creencias, paradigmas y juicios maestros. Es por ello que, ante un mismo evento (Dr. Valdivia aproximándose a la entada de la clínica), tengamos “tantas historias”, tantas interpretaciones, dependiendo de los observadores.
Este ámbito interpretativo habita en el lenguaje.
Al aceptar que vivimos en mundos interpretativos, estamos renunciando al criterio al que estamos habituados de que hay una interpretación “correcta” de la realidad.
Al operar en un paradigma que se basa en la creencia de que existe una interpretación correcta de la realidad, el desafío es hacerme de esa “verdad” ante la cual los demás deberán rendirse. Si yo he conseguido “dar con la verdad”, entonces, los que no piensan así, están equivocados. Simple.
De acuerdo con ese paradigma, de reunir a Sofía, al Dr. Silva y a don Gregorio a conversar sobre lo que vieron, probablemente se produciría una discusión tendiente a dilucidar quien tiene la razón, esto es, quien gana y quienes pierden. Ciertamente este paradigma nos lleva a la confrontación, a una situación suma cero. Desde aquí, plantear relaciones “ganar-ganar” no resulta “natural”.
Consideremos ahora otro ámbito que toma parte en la interpretación de los fenómenos: el mundo emocional. Nuestra percepción del fenómeno será distinta si nos inunda el miedo, la esperanza, la pena, el resentimiento, el amor o la alegría. ¿Cuál sería el estado de ánimo del Dr. Silva cuando su mirada encuentra al Dr. Valdivia caminando hacia la clínica? ¿Estaría inquieto, confuso, incluso, por el caso de la paciente de la sala 7? ¿Podrá ser que su juicio de que “las cosas no estaban marchando bien para la paciente” lo hayan llevado a suponer que el Dr. Valdivia estaba deprimido? ¿Y en qué estado de ánimo se encontraba don Gregorio? Ciertamente uno muy distinto.
Cuando estamos optimistas respecto de una situación el mundo se abre en un abanico de posibilidades muy distinto al que nos aparece cuando el pesimismo nos habita.
Consideremos, finalmente, el ámbito del cuerpo: observamos desde el cuerpo, desde la corporalidad que compartimos todos los seres humanos y desde nuestra corporalidad particular que nos hace individuos únicos. Nuestra biología nos permite percepciones que pueden ser muy distintas entre diversos individuos: importa la capacidad visual, auditiva, olfativa, etc. Importan “las marcas” que las experiencias vividas han dejado en nuestro cuerpo.
No estamos negando que la realidad exista. Decimos que “no sabemos como las cosas son; sólo sabemos como las observamos o cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos” (primer principio de la Ontología del Lenguaje). Decimos, además, que dicha observación tiene lugar o se constituye, en el particular observador del mundo que somos: nuestra corporalidad, nuestras emociones y nuestro lenguaje.
También, aclaramos, que el asunto no termina aquí, que debiéramos considerar otros ámbitos como el espiritual, por ejemplo. Sin embargo, para efectos de simplificar la comprensión, nos centraremos en estos tres: cuerpo, emoción y lenguaje.
El Observador, entonces, lo entendemos como la forma particular en que un individuo otorga sentido a la situación que enfrenta antes de intervenir en ella.
Las observaciones cambian: en un momento la tierra “era” plana; cuando éramos niños “existía” el viejito pascuero.
Un individuo enfrentado a un desafío concebirá acciones que dependerán del tipo de observador que es. Si este individuo interpreta que la situación es una amenaza, entonces se defenderá. En cambio si la interpreta como una oportunidad, se movilizará para aprovecharla. La acción lo aproximará a un resultado que puede estar o no en línea con los objetivos propuestos. El individuo juzgará si la acción emprendida le permite alcanzar su objetivo. Si juzga que el resultado no le satisface, modificará
A este proceso le llamamos “aprendizaje de primer orden” y consiste en la revisión que un individuo (observador) hace de las acciones emprendidas cuando éstas no le permiten alcanzar los objetivos buscados, esto es, cuando no le satisfacen los resultados.
Pero, ¿qué podemos hacer cuando el cambio en las acciones no logra cambiar los resultados? Cuando ello ocurre nos debemos enfocar ya no en nuestras acciones sino que en el tipo particular de observador del mundo que somos: en nuestros paradigmas, nuestros modelos mentales.
El llamado es a pensar de una manera diferente, a modificar ese “modelo de observador” en que nos hemos constituido. A este proceso le llamamos “aprendizaje de segundo orden”.
Y, a diferencia del aprendizaje de primer orden, éste se focaliza en el cambio del observador y no en el cambio de las acciones.